Golosinas para la paz

Los caramelos fabricados en Talarrubias endulzan la vida a judíos y palestinos

Imagen de la fábrica que Burmar tiene en Talarrubias. :: BRÍGIDO / HOY

El conflicto entre judíos y palestinos ha convertido Oriente Medio en uno de los puntos más calientes del mundo. Pero en medio de esa tensión permanente hay algo que comparten unos y otros, seguramente sin saberlo: las golosinas extremeñas. En una fábrica de Talarrubias (Burmar) cada día se producen alrededor de un millón de gominolas de fresa, de naranja, de limón, coca-cola. con destino a diversos países centroeuropeos, y muy especialmente para Oriente Medio que se ha convertido en el principal consumidor de las golosinas de Evaristo Burgueño.

En estos tiempos de aguda crisis, las exportaciones están salvando a muchas empresas españolas de los más variados sectores. También las golosinas se han subido a ese carro exportador para mantener la producción y el empleo.

Las golosinas extremeñas están llegando, además de a Oriente Medio, a polacos, ingleses, holandeses o alemanes. En Alemania, dice Burgueño, los grandes consumidores no son los más pequeños de la casa, sino los adultos por los efectos beneficiosos de la gelatina sobre las articulaciones. La base para fabricar la golosina están en tres productos que abundan en la dulce factoría de Talarrubias: glucosa, gelatina y azúcar. Y la llave del éxito no es otra que la mezcla de esos tres elementos. «Preparar una buena golosina es muy parecido a cocinar un buen plato», dice el empresario extremeño.

Los peligros del teléfono

Evaristo Burgueño ha transitado durante su dilatada trayectoria empresarial por los más variados negocios. Ha ejercido de promotor musical, hostelero, vendedor de vehículos, promotor inmobiliario. Pero toda su vida ha sido fiel al negocio de las golosinas que aprendió en el hogar paterno y luego amplificó.

Uno de sus mayores hitos en el mundo de las golosinas fueron los polos sin palos, que supuso una verdadera revolución en los años ochenta. Para millones de españoles, el flax fue un símbolo más de su generación. «Era el helado de los pobres», cuentan aún hoy con nostalgia los que disfrutaron del frescor de aquel polo que en los ochenta costaba cinco pesetas, frente a las 25 del helado más barato.

El polo flax fue un bombazo en el corazón de una España que crecía. Un negocio redondo, promocionado en costosas campañas en televisión y envidiado por la competencia. La clave de aquel éxito fueron dos años de trabajo y decepciones hasta encontrar el envase idóneo. A partir de ese momento, camiones de bolsas de plástico salían de Talarrubias para todo el mundo, llevando miles de bolsas de agradables sabores, listas para ser congeladas y disfrutadas.

Una década después de la explosión del polo, Evaristo Burgueño tocó otra tecla de éxito: la cantimplora. Una botellita, rellena con cola, naranja, limón y sobre todo, fresa. Y tras el polo y la cantimplora, que aún se siguen produciendo, llegó el turno de las gominolas que ahora saborean por medio mundo.

Desde hace unos años, la crisis ha reducido el consumo de polos, cantimploras o gelatinas entre los niños españoles. Pero antes de que llegara la temida crisis, Burgueño recuerda que llegó para este negocio otro enemigo igualmente peligroso: el teléfono móvil. «Ya avisé en una de las reuniones de la directiva nacional de los fabricantes, lo dije hace ya años. El móvil es un peligro tremendo para nosotros. A cualquier niño le regalaban un teléfono de prepago para la primera comunión, para un cumpleaños, y luego, claro, el dinero que le dan al niño se lo gasta en recargar el teléfono y ese dinero no se lo gasta en golosinas, por eso comenzó a caer el consumo», explica.